SIMBOLOGÍAS DEL OCASO. Imma Prieto

SIMBOLOGÍAS DEL OCASO

Analizar la historia a partir de un elemento concreto. Reconstruir el pasado desde la objetividad del detalle. La memoria reconstruida a partir de un acontecimiento disgregado en imágenes: Un documento, un rostro, una suma de objetos desterrados, contextos destinados al olvido. 

 Rehacer la historia se presenta como tarea imprescindible, cuestionar no sólo contenidos, que también, sino metodologías. Pensar nuevas estrategias para acceder a lo que aconteció forma parte de lo que se ha bautizado como microhistoria.

Invertir el orden de acción, a la hora de establecer los pasos que construyen la historia, es lo que ha llevado a cabo el historiador italiano Giovani Levi. La microhistoria, como él mismo la ha bautizado, se plantea como un nuevo modo de hacer historia a partir de la localización de un elemento concreto y a raíz de éste configurar  el contexto, ir de lo más pequeño al todo. En otras palabras, invertir el modo en el que se ha venido escribiendo la historia hasta el momento. Levi analiza la historia a partir de lo concreto, modifica la escala de observación. Utilizando su misma metáfora, comprender el pasado estableciendo una analogía con la mirada que ofrece el microscopio. Levi establece muevas pautas para percibir aquellos detalles que se pierden en relatos construidos a partir de miradas demasiado generales. Son muchos los matices que tendríamos que analizar para adentrarnos en el pensamiento de Levi pero conviene subrayar aquellos en los que de forma explícita enfatiza la necesidad de rescatar todo aquello que se ha obviado, centrarnos no sólo en una guerra si no también en los que participaron, en las pequeñas historias que se entretejen en cualquier período y/o suceso.

 Algo así es lo que lleva a cabo Avelino Sala con el proyecto que presenta este otoño y del que, entre muchas lecturas posibles, me gustaría destacar dos. Por un lado, y según venía diciendo, la capacidad de aislar elementos, en este caso mediante imágenes, para establecer un nuevo orden que nos remite a los hechos. Acuarelas de tonos cálidos rememoran mediante el símbolo fragmentos de una realidad que parece estar destinada a desaparecer. Retazos presentados de forma aislada que dialogan, sin embargo, con el conjunto de la exposición de un modo magistral, sutil, y nos acercan a lo que ha venido ocurriendo en la Naval de Gijón a lo largo de las últimas décadas. A pesar de que los medios de comunicación en su momento dieron voz a algunos de los enfrentamientos transcurridos,  falta mucho por decir, faltan matices de una de las tantas transgresiones que han tenido lugar en este país. Sala las recoge mediante un estudio minucioso del pasado, aislando elementos mediante el pincel y dejando que ellos reescriban la historia mediante la mirada del observador: como decía, una gaviota, el muelle, una grúa abandonada. El camino cromático finaliza con la acuarela de gran formato que no contiene otra cosa que la caída del sol, esa luz del ocaso que  nos susurra que el día se acaba, que nos conduce sin preguntar a lo oscuro de la noche.

Es desde esa oscuridad desde la que nos adentramos en la segunda lectura que ofrece el trabajo de Sala. La segunda parte del proyecto se compone de un serie de dibujos a lápiz que contienen retratos de personajes anónimos. En su día fueron protagonistas de los enfrentamientos. Sindicalistas y cuerpos policiales, individuos escogidos al azar en representación de la dialéctica vivida. El poder con sus usos, abusos y demás acaecimientos. Rostros grabados por los años, con esas marcas que el tiempo no perdona como símbolo de las barricadas y consiguientes enfrentamientos. Forjan la historia centenares de microhistorias, entre ellas, la de decenas de pre jubilados encerrados durante 21 días en las dependencias del astillero tomando el control de grúas y otros enseres para exigir sus derechos, para pedir, simplemente, que se cumplieran las leyes (hablaremos después de algunos de los significados  con los que se relaciona el cumplir). La Naval de Gijón nació como tal en 1984 tras la fusión de otros dos astilleros, sería erróneo decir que la actual crisis provocó su cierre hace ahora dos años, pues los altercados y desacuerdos se han ido sucediendo con asiduidad a lo largo de estas décadas. Imágenes que a su vez recreó con gran acierto y sensibilidad Fernando León de Aranoa en el film Los lunes al sol.

Rostros que podríamos encuadrar en cualquier conflicto actual, encapuchados, tapados, con miradas ácidas y, permítanme decirlo, indignadas, que me recuerdan a una pequeña lectura de este verano,  la columna The guns of Brixton de Xavier Antich publicada en La Vanguardia este agitado agosto: el filósofo catalán reflexionaba  sobre el papel de los encapuchados en relación a los los altercados en Reino Unido.  Inevitablemente las imágenes lo transportaban a otros de los tantos conflictos que caracterizan nuestra contemporaneidad pero lo más interesante es el modo en el que destaca la vacuidad de las imágenes que se abarrotan en portadas ( de periódicos) y portales ( digitales). Por contra destacaba la exposición Unaluzdura, sincompasión. Elmovimientodelafotografíaobrera, 1926-1939.

Todo ello me devuelve de nuevo a las imágenes de Sala, retratos de un tiempo intemporal, tanto, como los vocablos de origen latino que los acompañan. Esos rostros dibujados, en blanco y negro, permanecen en los muros acompañados de locuciones latinas que nos recuerdan que en las profundidades del lenguaje tendría que habitar algo de compromiso y verdad.  

No es la primera vez que Avelino Sala reflexiona mediante la imagen sobre lo político y lo social, de hecho, es parte de su peculiar modo de abordar la historia. Revisiones al pasado con esa capacidad de acentuar matices que han pasado por alto. Subrayar capítulos olvidados sin obviar la tenue y perspicaz circunstancia. De este modo cuestiona lo no visible, confronta la desnudez de los rostros con frases que sorprenden por su semejanza al juramento: labor omnia vincit (el trabajo todo lo vence),  Audentes fortuna iuvat (La fortuna ayuda a los audaces) , Posum quia posse (Querer es poder), Vivere militare est  (Vivir es luchar) y  Concedo nulli (no cedo ante nadie).

El juramento tiene la función de garantizar la verdad y la eficacia del lenguaje. En el texto de Giorgio Agamben El sacramento del lenguaje. Arqueología del juramento, en el que cita a Prodi, recuerda como se gesta para mantener unido y conservar. El juramento, en sus orígenes, es lo que podía tener la función de mantener unida a la democracia. Éste no concierne al enunciado como tal, sino a la garantía de su eficacia, lo que en él está en juego no es la función semiótica y cognitiva del lenguaje como tal, sino el aseguramiento de su veracidad y su cumplimiento. En su discurrir se teje algo que alude directamente al cumplir y al respetar, cumplir, simplemente con lo establecido. Bajo esta mirada se presenta sumamente relevante la traslación que lleva a cabo Agamben al interpretar en términos modernos las plagas o males citados por George Dumezil. Lo que en el pasado se ubicaba como mal o plaga de la sociedad se centraba en tres aspectos (¿será por su relación con la santísima trinidad?): sacerdotes, guerreros y agricultores.  Agamben realiza un giro y lo sustituye  por la religión, la guerra y la economía, algo que en nuestra época  teje toda estructura y pesquisa. En principio el juramento es el remedio contra esas plagas que no son otra cosa que la violación de la palabra. El juramento anula la posibilidad de mentira inherente al lenguaje, de ahí que los vocablos con los que Sala decide ocupar el espacio se desvelan como símbolo, iluminan, sí, pero  sólo apuntando a la grieta en la que nos encontramos, su esclarecimiento surge de lo opaco y señala al abismo. La distancia imposible entre  de lo que tendría que ser  y lo que es. Este ofuscamiento acaba sentenciado en la escultura con la que el artista acordona la exposición. Una especie de barricada (que sutilmente hace guiño a las del principio) construida a partir de decenas de libros. Libros que a su vez han sido previamente sellados y recubiertos de un negro azabache (de nuevo aludiendo a esa oscuridad que caracteriza nuestra atmósfera). Con esta pieza Sala crea un nuevo orden de lectura y a modo de metáfora apuntala la amputación que se está llevando a cabo en el ámbito de la cultura, establece un elocuente paralelismo entre el fin de la resistencia náutica y el fin de la cultura. Libros utilizados como ladrillos con el único fin de levantar muros, de nuevo apuntando hacia esa dirección que permite cavilar sobre los límites del poder y sus sucedáneos.

La muestra concluye con el mural realizado en una de las salas. Simple y directo: Sapere aude (atrévete a saber). Proposición que encierra la única llave que permite abrir la grieta sobre la que  Sala va discurriendo. Locución que nos devuelve a aquella luz del ocaso reflejada en la acuarela de tonos anaranjados. Quizás los vocablos nos recuerdan que después de la noche despunta esa luz sonrosada de la aurora para permitirnos creer que siempre existe un nuevo principio, eso sí, hay que atreverse.

Avelino Sala hace hincapié en ese grupo de prácticas estéticas que forman parte de lo común, su trabajo se enmarca en una serie de formas de visibilidad de las prácticas artísticas que tienen como objetivo interpelar al presente, desenterrar al pasado y apuntalar al futuro: Sapere aude.

                                                                                                          Imma Prieto Carrillo

                                                                                                          Agosto, 2011.

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