UnderDog. Galeria Herrero de Tejada, Madrid. Oct/Dic 2015

Haciendo esnórquel

Por Fernando Gomez de la Cuesta

(una nueva vía)

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La vida líquida es una vida precaria y vivida en condiciones de incertidumbre constante.[1]

Los seres humanos no tenemos branquias y casi siempre carecemos de agallas, una debilidad evidente que sirve de argumento para todos aquellos que tratan de convencernos de que el contexto fluido en el que sobrevivimos no es un lugar adecuado para nosotros. Una carencia que emplean, esos mismos tipos, para persuadirnos de que nos esforcemos en intentar levitar sobre las aguas, en volar sin tener alas sobre esa masa líquida en la que se ha convertido el planeta y en cuyo interior no es viable nuestra respiración pulmonar, vital y continuada. Esos individuos, además, siempre nos piden que, mientras nadamos, miremos hacia arriba, que tratemos de abandonar ese océano en el que andamos inmersos y donde nos desenvolvemos con cierta torpeza, a la vez que nos imponen el reto, casi divino, de caminar por encima de las aguas, de flotar de manera milagrosa sobre un mar que lo inunda todo.[2] Esa promesa eterna de “emerger” es la trampa contemporánea que casi siempre aparece acompañada por el chantaje cobarde de la “flotabilidad”, por ese recurso de muchos bañistas que, atados a boyas y flotadores, prefieren la comodidad y la seguridad a cambio de su propia libertad y de su oportuna autodeterminación.[3] Estos anzuelos convertidos en grilletes son las artimañas que nos disponen aquellos que controlan el sistema y sus estructuras, los personajes que conducen esa maquinaria despiadada que se nutre del ruido miserable que provoca nuestro chapoteo sobre las aguas, que se alimenta del estruendo que causa el braceo desesperado del que se ahoga o del sonido ridículo de quien aletea sus extremidades desplumadas pensando que así va a levantar el vuelo. Un escenario manipulado que no hace otra cosa que precarizarnos y evitar que prosperemos, impidiendo que seamos una preocupación más para ese poder cenital que nos vigila, nos controla y nos asfixia.

Para realizar esas inmersiones tan necesarias debemos situarnos, prevenidos, justo debajo de la superficie, más atentos a lo que ocurre en el fondo que a intentar asomar la cabeza, concentrados en encontrar la ocasión, la oportunidad, el objetivo y las fuerzas para iniciar un descenso que nos llevará todo lo profundo que sepamos y podamos, todo lo lejos que alcancemos. Se trata de ir justo por debajo de la línea del mar, con el sol pegando en nuestra espalda, nadando a una altura que permita que llegue el oxígeno por el tubo que conecta el exterior con nuestros pulmones, mirando lo que nos rodea con las lentes adecuadas, haciendo esnórquel, pendientes de lo interesante, de lo que merezca la pena y rentabilice el esfuerzo de bajar muchos metros, de quedarse sin aire y soportar la presión que comprimirá nuestros tímpanos y nuestro cerebro. El creador genuino siempre se caracterizó por inventar lo que no existía, por buscar los ingenios necesarios, los medios adecuados para llegar donde antes nadie había llegado, incorporando e incorporándose prótesis e implantes biónicos, brazos extensibles y manos precisas, poniéndose aletas, tubo y escafandra, trajes de neopreno mientras esperan con paciencia a que les salgan las escamas. Si algo caracteriza a los artistas de Herrero de Tejada es esa voluntad común de ir más allá, de ver lo no evidente, de hacer cosas diferentes que abran nuevas vías, de tener una sensibilidad distinta, de encontrar lo oculto y de buscar otras bellezas, de hacer lo inédito mostrándonos nuevas y posibles vías.

Pero quizás ese líquido en el que nos encontramos tenga más de amniótico que de prisión, más de conocimiento que de trampa, quizás sólo se trate de encontrar la manera adecuada de sacarle provecho, de creer y de crecer en él. Los agentes del sector del arte contemporáneo se pasan media vida –nos pasamos media vida- intentando emerger de la nada para alcanzar ningún lugar, se nos exige que salgamos del pantano, que hagamos el esfuerzo de dar la cara para mirar hacia el cielo porque lo verdaderamente importante revolotea sobre nuestras cabezas. Pero nada más lejos de la realidad, sobre nuestro cráneo sólo comparecen los drones de vigilancia que controlan nuestros movimientos y algún que otro espejismo provocado y calculado para mantener intactas nuestras expectativas y nuestros deseos. Estamos en una época en la que nos deslizamos por los contenidos, en la que resbalamos sobre los conocimientos sin apenas darle importancia a nada y asimilando cada vez menos,[4] cegados por una doctrina de ritmo frenético que impide que nos tomemos el tiempo necesario para darnos cuenta de que es en la profundidad de las ideas y de los conceptos, en los planteamientos rigurosos, en aquello que nos cuesta implicación y esfuerzo, donde se encuentra lo que de verdad importa, lo que vale la pena, lo que sinceramente queremos. Por ello tenemos que coger todo el aire que quepa en nuestros pulmones y todo el peso con el que seamos capaces de lastrarnos y, en lugar de gastar nuestras fuerzas tratando de “emerger”, debemos sumergirnos en picado con una apnea que nos lleve hacia las fosas abisales, hacia donde realmente se obtiene la experiencia útil, los conocimientos y los resultados, donde la concentración, la determinación y el trabajo bien hecho hacen que lo insustancial, lo inconsistente y lo superficial, no pasen la primera criba, no resistan la presión, no aguanten el esfuerzo: lo fácil cae ligero.[5]

La galería de arte contemporáneo Herrero de Tejada tiene la vocación de nadar en ese tramo de posibilidades y de hacer cuantas inmersiones considere necesarias, un proyecto que quiere ofrecer a sus artistas un nuevo contexto con una nueva actitud, un lugar de exigencia y de autoexigencia para todos, pero también un espacio de relación y de crecimiento, profundo y abierto. Partiendo de una estructura clásica, de una sala de exposiciones actual, va incorporando otros factores de carácter híbrido que se encargan de ir definiendo su peculiaridad: un taller propio como punto de encuentro, producción y trabajo, una investigación personalizada y colectiva de los interlocutores adecuados, la creación de nuevos intereses, la implicación de planteamientos y desarrollos curatoriales en el devenir de su proyecto, una línea de publicaciones, una búsqueda de la reacción frente al silencio… Para acompañarlos en este camino han seleccionado a un grupo de artistas cuyo trabajo tiene lecturas complejas, que reflexionan y que invitan a la reflexión, que establecen diálogos y debate, crítica, entorno y retorno, creadores que construyen desde el conocimiento del oficio, desde la ética y la implicación. Underdog es el título de esta primera propuesta expositiva de carácter colectivo, un termino anglosajón muy habitual en las casas de apuestas que hace referencia a un equipo o a un competidor que no parte como favorito en los pronósticos y cuyo triunfo es conocido como upset, una victoria que suele repartir grandes beneficios entre los que apostaron por ella. Una exposición que trata de reflejar como se sienten todos los profesionales que participan en la propuesta, las perspectivas que poseen ante el nuevo reto y cómo se encuentran ubicados en la ilusión, la confianza y la energía, pero también en la incertidumbre que conlleva todo comienzo, ante las dudas de empezar en un nuevo escenario y en un nuevo contexto.

Santiago Morilla continúa su peculiar ensayo sobre la ceguera, sobre el punto de vista y la perspectiva, sobre las máquinas de mirar y los elementos ortopédicos de la visión, mediante su proyecto No veo nada, que coge su título de las últimas palabras que pronunció el torero Manolete antes de morir desangrado en la plaza de Linares. Morilla toma como simiente creativa el retrato que realizó con cal blanca de la cara impasible del diestro en la arena de la plaza de toros del Castillo de Monsaraz (Portugal) durante su fiesta del “toro da morte”, la única novillada portuguesa donde el toro muere. Partiendo del cuestionamiento evidente que el artista hace sobre la tauromaquia, sobre la distinción entre lo que es cultura y lo que es violencia tradicional e institucionalizada, plantea una bella y contundente metáfora sobre el ver y el no ver, sobre lo flagrante y lo oculto, que ya comenzó a investigar en proyectos anteriores pero concurrentes como su “Manual de ortografía equina”.[7] A partir de la idea actual de mirada, de la insensibilidad retiniana, de la percepción y sus defectos, de la enfermedad y sus remedios, nos habla de algo consustancial a la obra de arte, de su recepción por el sentido que la aprehende de una forma más directa: la vista. Dentro de estas coordenadas amplias de desvelamiento de lo oculto, de la búsqueda incansable de otras realidades, también se puede incardinar la propuesta de Jesús Zurita titulada La negación de toda medicina, una pieza realizada específicamente para esta exposición y que indaga sobre el concepto abstracto de veneno desde un planteamiento plástico exquisito y refinado que no prescinde, en ningún momento, de la idea que subyace y que se refiere a la desmaterialización de la sustancia, a su incorporación a otros cuerpos y como esos cuerpos asumen sus efectos, una acertada disertación sobre el veneno y sobre lo envenenado. O la revelación igualmente poética emprendida por Hanison Lau en su Classic of Mountains and Seas – chapter III  donde el material exterior de la escultura, una montaña de apariencia pétrea pero, en realidad, hecha de madera, termina abriéndose para dejar ver en su interior un mar oculto, profundo y delicado que sigue esa tradición oriental del paisaje que representa la armonía de una naturaleza que no comparece privada de misterio y que Lau contamina con un particular e intransferible carácter performático, que viene revisando el concepto de paisaje gracias al humor y a un respeto no exento de cierta mala leche. Por último, el desvelamiento que nos propone Pedro Luis Cembranos es el de una historia singular y desconocida, la del músico y guardabosques Jimmy Walker. Un proyecto marcado por la singularidad visual y poderosa presencia del Parque Nacional de Okefenokee (EEUU) donde Walker trabajaba. La propuesta que Cembranos presenta en la galería se divide en dos partes: por un lado un ejercicio más práctico y formal sobre el concepto de paisaje vinculado al de identidad y a la creciente utilización y manipulación política que, desde el poder, se realiza de aspectos emotivos e intangibles; y por otro la historia vital del propio Walker, incidiendo en cuestiones que suelen ser preocupaciones recurrentes en los trabajos de Cembranos, como son los artistas de obra prácticamente desconocida, solitaria y supuestamente menor, y su intención de fijar la memoria sobre estas creaciones, legitimando al artista y poniendo en valor, con ello, no sólo a Jimmy Walker, sino a todos esos submarinistas de un sector en precario, arriesgados y callados, que se pasan la vida sumergidos en las profundidades e invirtiendo unos tiempos y unos esfuerzos que no van en consonancia con la vorágine contemporánea.

El contexto económico y social donde todo esto ocurre no es un entorno fácil ni amable, nos encontramos en un momento abrupto que trae causa de situaciones y de hechos que hemos ido viviendo, un punto de inflexión evidente en una situación de crisis manifiesta. En su serie titulada Darkness at noon,[6] Avelino Sala, trata de dejar expresión de este contexto convulso apelando a la historia y a la evolución industrial de su región de origen, Asturias, mediante unos dibujos certeros que representan marcas y productos icónicos fabricados por la industria de esa comunidad y que fueron confeccionados por empresas cuyas plantas de producción ya cerraron. Un proceso de desinversión no exento de conflictos de carácter social que nos habla de las veladuras de la historia, de cómo ocurren las cosas, de cómo no se les pone remedio y acaban creando entornos que dificultan nuestro propio devenir, unas piezas que se refieren, en definitiva, a lo oculto y a la ocultación, una serie que pone en valor la obra de arte y la reivindicación del propio trabajo aplicado sobre ella, a partir de un dibujo minucioso, de un “desempeño cuantificable” por la voluntaria evidencia que plantea el artista de su inversión de tiempo y esfuerzo para ejecutarlas y que viene a añadirse al trabajo aportado por todos aquellos operarios de las plantas de producción que tuvieron que cerrar y que produjeron anteriormente los objetos que Avelino Sala, ahora, retrata. También una toma de posición sobre el trabajo del artista, del creador, del conocimiento de la técnica, del oficio y del medio, es el que plantea Carla Fuentes en su serie de manos dibujadas, enfatizadas y exentas del resto del cuerpo, del retrato parcial al autorretrato segmentado, tratadas como instrumento y como ortopedia, pero también como semilla y génesis del acto de crear. Una investigación y vindicación de la profesión que puede tener algún punto de conexión con la minuciosidad de las piezas de Jacinto de Manuel, con su representación formal del objeto y del sujeto, que apela, no sólo a la tradición, sino también a la propia Historia del Arte, ubicando la figura del creador en ese contexto, fijando sus atribuciones, su particular planteamiento y donde la formalización indaga sobre las diferentes percepciones de las metafísicas de lo representado y de su concepto. En Talleres de mujeres y una explosión encadenada de Manuel Antonio Domínguez se examina otra de esas derivas complejas que está generando nuestro contexto social, en este caso no se refiere a la crisis económica, ni establece una defensa de la posición del artista, sino que reflexiona sobre la consideración de la mujer en nuestra sociedad. Un conjunto de piezas que plasma algunos de los obstáculos de origen impuesto y patriarcal, y la dificultad en la construcción de lo femenino que viene modificada por esta perspectiva. En el proyecto cohabitan diversas escenas vinculadas a diferentes fases que se corresponden con una imagen estereotipada de la mujer, articulada desde distintos momentos vitales y emocionales como lo son la infancia, la figura femenina como objeto y sujeto de deseo, la maternidad y el ámbito de lo doméstico, un escenario desde donde el artista plantea una afinada revisión acerca de los roles femeninos heteronormativos.

[1] Zygmunt Bauman, Vida líquida, Ediciones Paidós, Barcelona, 2006

[2] Dos cosas flotan en el agua: la mierda y los barcos. La Mala Rodríguez, “La Loca”, Malamarismo, Universal Music, España, 2007

[3] Ver, por ejemplo, la pieza de Santiago Morilla, Prototipo de flotabilidad, BetArt, Calvià, 2012. Recogida en Santiago Morilla y Fernando Gómez de la Cuesta, “Postgraffiti”, Sublime nº29, Comission, Barcelona, 2015

[4] No pienso de la misma forma que solía pensar. Mi mente espera ahora absorber información de la manera en que la distribuye la Web: en un flujo veloz de partículas. En el pasado fui un buzo en un mar de palabras. Ahora me deslizo por la superficie como un tipo sobre una moto acuática. Nicholas Carr, Superficiales ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?, Taurus, Madrid, 2011

[5] La Mala Rodríguez, “Lo fácil cae ligero”, Alevosía, Universal Music, España, 2004

[6] AAVV., Darkness at Noon, Museo de Bellas Artes de Asturias, Oviedo, 2015

[7] Fernando Gómez de la Cuesta, “Ortografía para caballos”, Manual de ortografía equina, Museu d’Història de Manacor, Manacor, 2014

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